Carl Nielsen y György Ligeti
Retro-Conexión | Jalisco Radio
Escrito por Issac Ramírez y Silvestre K’anil Díaz
¿De dónde surge la vocación de un compositor? En algunos casos la respuesta está en conservatorios prestigiosos o familias dedicadas profesionalmente a la música. En otros, comienza de manera más sencilla. La de Carl Nielsen pertenece a este segundo grupo.
Carl Nielsen
Carl August Nielsen nació el 9 de junio de 1865 en Sortierung, una pequeña comunidad rural de la isla danesa de Fionia, cerca de Odense. Su padre se ganaba la vida como pintor y además tocaba el violín y la corneta en bailes y celebraciones populares. En ese ambiente creció Carl August, rodeado de música mucho antes de pensar en convertirse en compositor.
Fue violinista antes que compositor. De joven escribió cuartetos de cuerda y en 1883 llevó una de esas partituras a Niels Gade, la figura más influyente de la música danesa de aquella época. Ese encuentro marcaría el inicio de una trayectoria que terminaría por convertirlo en una de las voces más importantes de la música escandinava.
Nielsen pertenece a la misma generación de Mahler, Richard Strauss y Sibelius, aunque su obra sigue un camino propio. Resulta difícil ubicarlo dentro de una escuela o una corriente específica. Quizá por eso una frase suya sigue apareciendo una y otra vez cuando se habla de su música:
"La música es vida, y como la vida, es inextinguible."
Creo que esta afirmación nos ayuda a entender muchas de sus obras, porque en ellas la música suele comportarse como algo que está en constante transformación: avanza, encuentra resistencia, cambia de dirección y continúa su camino.
Un período especialmente fértil
Entre su Segunda y su Tercera Sinfonía transcurrieron nueve años. Durante ese tiempo Nielsen escribió óperas, música de cámara y otras obras importantes, mientras su nombre comenzaba a ser conocido fuera de su natal Dinamarca.
Cuando volvió al terreno sinfónico lo hizo con una obra que ocupa un lugar especial en su catálogo: la Sinfonía No. 3, conocida como Espansiva. Y hay otro detalle interesante. Por esas mismas fechas, Nielsen trabajaba también en su Concierto para violín. Había pensado durante años en escribir una obra para su instrumento y, curiosamente, sería la única vez que lo haría.
Ambas partituras terminarían encontrándose en una misma velada. Se estrenaron el 28 de febrero de 1912 en Copenhague, con el propio Nielsen en el podio. No deja de llamar la atención que dos de las obras más importantes de su madurez vieran la luz juntas, en una misma noche.
Un concierto esperado durante veinticinco años
El Concierto para violín fue escrito en 1911 para el violinista danés Peder Møller. En una carta dirigida al escritor Max Brod (sí, el periodista, escritor y compositor que quizá es más conocido por haber sido amigo y editor de Franz Kafka) le comunicó la noticia de la siguiente manera:
"Así que escribí un concierto para violín. Toco el violín y desde hace veinticinco años pienso casi todos los años en escribir un concierto para este instrumento."
La carta nos permite asomarnos al proceso creativo del compositor. Imagínate tener una idea rondando tu cabeza durante más de veinte años. Pues bien, Carl Nielsen había pensado una y otra vez en escribir un concierto para violín. La obra lo acompañó durante décadas, mucho antes de convertirse en una partitura. Cuando finalmente se sentó a escribirla, era una idea que había tenido tiempo de madurar, de tomar forma y de encontrar su lugar.
Y también es fácil imaginar la emoción de verla realizada. Después de tantos años de darle vueltas a ese proyecto, el concierto llegaría finalmente al escenario en 1912, con el propio Nielsen presente en su estreno.
El concierto adopta una estructura poco habitual: dos grandes movimientos, cada uno precedido por una introducción lenta (en lugar de la forma más habitual en tres movimientos: rápido - lento - rápido).
Con los años se fue incorporando al repertorio de destacados intérpretes. Entre ellos sobresale Emil Telmányi, violinista, defensor de la música de Nielsen y posteriormente su yerno. Más adelante la obra sería interpretada por grandes figuras del violín, entre ellos, nada más y nada menos que Carl Flesch, Tibor Varga y Yehudi Menuhin.
La Sinfonía Espansiva
Compuesta entre 1910 y 1911, la Tercera Sinfonía ocupa un lugar especial dentro de la producción de Nielsen.
El propio compositor eligió el sobrenombre Espansiva. A lo largo de los años se han propuesto distintas interpretaciones, la mayoría de los comentaristas coinciden en relacionar el sobrenombre con una idea de crecimiento, amplitud y afirmación de la vida, más que con una referencia al tamaño de la obra o a las dimensiones de la orquesta.
Nielsen buscaba aludir a una expansión de la vida, de la energía humana y de la conciencia. Cabe señalar que no se trata de música programática. Escrita en un momento de plena madurez creativa, la Espansiva surge en una Europa cada vez más cercana a la guerra. Sin embargo, Nielsen construye una obra atravesada por una profunda confianza en la energía, la vitalidad y la capacidad expansiva de la vida.
El segundo movimiento y las voces sin palabras
Uno de los aspectos más originales de la sinfonía aparece en su segundo movimiento. Nielsen incorpora una soprano y un barítono, pero no les asigna texto alguno. Las voces no cantan palabras ni transmiten un mensaje verbal. Vocaliza sonidos que se convierten en parte del paisaje sonoro de la obra.
La decisión ha generado numerosas interpretaciones. Algunos han visto en estas voces una presencia humana fundida con la naturaleza. Otros han sugerido la idea de un canto primordial, anterior al lenguaje articulado. Lo cierto es que Nielsen evita fijar un significado concreto. La voz aparece despojada de discurso y convertida en pura sonoridad, dejando abierto el espacio para la interpretación de quien escucha. Décadas después, este mismo movimiento adquirió una resonancia especial: la música concebida como una afirmación de la vitalidad acompañó la despedida de Carl Nielsen al ser interpretada durante su funeral, en 1931.
Dos obras, un mismo momento
El Concierto para violín y la Sinfonía No. 3 pertenecen a un mismo periodo creativo y muestran a un compositor que había alcanzado plena madurez artística. Más de un siglo después, ambas obras continúan formando parte del repertorio y permiten acercarse a una de las voces más originales de la música escandinava. En ellas encontramos a un creador que siguió su propio camino, alejado de escuelas y etiquetas, y cuya música conserva una frescura que sigue atrayendo a nuevos oyentes.
György Sándor Ligeti
Hace unas semanas alguien me preguntó si últimamente había habido algún compositor tan brillante y tan sofisticado como en la época de Beethoven o Brahms. Es difícil comparar a compositores como esos dos titanes con los compositores de hoy en día por los contextos y los estilos son completamente diferentes, pero si tuviera que mencionar un par de nombres, uno de ellos sería Krzysztof Penderecki y el segundo, a quien le dedicamos el programa el día de hoy es György Sándor Ligeti quien falleció el 12 de junio de 2006.
El jóven judío comenzo a estudiar música a los 16 años en el conservatorio de Kolozsvár, pero en 1944 todo se detuvo porque fue capturado por el ejercito nazis y enviado a trabajos forzados durante la Segunda Guerra Mundial. En esa ápoca perdió a su hermano menor y a su padre en campos de concentración durante el holocausto. De su familia, sólo él y su madre sobrevivieron, pero al terminar la guerra se refugió en la composición y se convirtió en profesor de la Academia de Música Franz Liszt en Budapest, aunque ya era difícil vivir en Hungría con el régimen comunista bloqueando toda comunicación con el mundo exterior.
En 1956 logró escapar de Hungría y se fue a vivir a Viena en donde se convirtió en ciudadano austriaco y ahí conoció y colaboró con compositores como Karlheinz Stokhausen y Michael Koenig. El trabajo que hizo con ellos le cambió el mundo, porque experimentar con música electrónica y el estilo de vanguardia musical que desconocían en Europa del Este le abrió el mundo y ahí se olvidó por completo de la música tonal.
Este programa radiofónico es producido en Autlán de Navarro, Jalisco, por Harlock Media, en colaboración con Jalisco Radio del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, y fue posible gracias a Begoña Lomelí, Barcha, Lupita Jimenez, Fabian Pelayo, Silvestre K’anil e Issac Ramirez.