SCHUMANN
Durante las últimas semanas hemos escuchado un poco sobre la vida de tres titanes de la música. Johan Sebastian Bach, que componía como si Dios les hablara sus hijos desde los cielos; Wolfgang Amadeus Mozart, con su sonidos que parecen salidos de la naturaleza: y Ludwig van Beethoven, que con su música parece hablar para toda la humanidad. El día de hoy vamos a escuchar a Robert Schumann, y ÉL, parece hablarle a cada persona que escucha su música, como si supiera los sentimientos que hemos tenido, las emociones que nos invaden todos los días de esta montaña rusa que es la vida.
Si escuchaste el episodio de la semana pasada sobre la vida de Beethoven, y si su personalidad te pareció rara, pues Robert Schumann le dice quítate que ahí te voy porque se comportaba como si viniera de otro planeta.
Por ejemplo, cuando terminó su primera sinfonía fue a visitar a su amigo violinista y director de orquesta Ferdinand David. Los dos se sentaron en la sala en silencio por casi una hora hasta que David por fin adivinó qué demonios era lo que quería “Robert, ¿ya terminaste la sinfonía verdad?” le dijo a Schumann “Y quieres que yo la dirija ¿no es así?” y el otro solamente asentó con la cabeza y haciendo una seña con la mano de que él ponía el dinero para pagarle a los músicos. Muy satisfecho de que había logrado comunicar el motivo de su visita, prendió un cigarro (le encantaban los cigarros) trató de decir algo, pero entre palabras a medias y que no dejaba de llevarse el cigarro a la boca se levantó y se fue a casa… o al menos eso trató porque se equivocó de puerta y ya no sabía ni por donde salir, hasta que su amigo David le abrió la puerta correcta para que pudiera salir. Total, Schumann todo nervioso y atarantado salió sin despedirse y dejó al otro deteniendo la puerta así como de “OK”.
Pues sí, Robert Schumann era uno de esos artistas a los que le cuesta trabajo darse cuenta de lo que pasa alrededor de ellos porque su cabeza siempre está en otro planeta, porque siempre están soñando despiertos. Era lo que llamamos un verdadero romántico y todo lo que componía parecía ser sacado de un mundo más bello, más dramático, y más mágico que el mundo en el que los terrícolas vivimos.
Robert Schumann - Josef Krienhuber 1839
Robert Schumann
Robert Schumann nació el 8 de junio de 1810 en Alemanía. Su papá Augusto era escritor, vendía libros y creó una lista de negocios que existían en el país, algo así como unas Yellow Pages o listings de Google Maps, su hijo le ayudaba y aprendió mucho sobre la profesión de escribir, publicar y distribuir lo que ahora llamaríamos “contenido”. Cuando Robert tenía 16, Augusto murió y se quedó bajo el cuidado de su cariñosa y tierna madre.
La pobre señora Schumann, era muy buena madre pero también era un manojo de nervios y sufría de depresión, todo lo contrario a su hijo de carácter explosivo y creativo como el de su padre. La pobre siempre terminaba llorando en su silla especial porque no podía con el joven Robert y estaba tan preocupada por su futuro que lo mandó a estudiar leyes porque tenía miedo de que su hijo se muriera de hambre si no estudiaba una carrera de a deveras… ¡¡¡¡¡AAAAAAH!!!! ¿En dónde he escuchado eso? XD ¿Oye compa y qué estudias? -Musica. No en serio, qué estás estudiando. -¡MÚSICA! Oye, pero, ¿y de qué vas a vivir?
Robert ya escribía algunas cosas y tocaba piano cuando su madre lo mandó a estudiar leyes, pero cuando cumplió 19 conoció a Friedrich Weick, un prestigioso y muy estricto maestro de piano que le dijo a Robert y a su mamá que él podía enseñar al joven talentoso a convertirse en un verdadero pianista profesional. Y ahí va la mamá nerviosa y desconsolada a llorar a su silla especial otra vez, pero al final aceptó y le dió permiso a su hijo de estudiar la carrera que tanto quería. Friedrich Weick era una fiera con sus alumnos y le dijo a Robert que si quería aprender de neta se tenía que mudar a su casa para un aprendizaje constante… y su mamá, pues ella terminó en su silla especial otra vez con lágrimas de cocodrilo porque se iba su hijo. XD
Robert y Clara
Clara Wieck, 1835
Friedrich Weick, el maestro de Shumann tenía dos hijos, Alwin y Clara. Clara tenía apenas 11 años, ya era una excelente pianista y su papá pretendía organizar giras de conciertos igual que Leopoldo Mozart lo hizo con su hijo para explotar su talento y obvio, cobrar los cheques para él mismo. Al principio Robert Schumann no la tomaba mucho en cuenta porque era una niña, pero con el tiempo, esa niña se convirtió en una señorita bonita y carismática y los dos terminaron perdidamente enamorados. El papá de Clara estaba furioso porque sus intenciones eran que ella se casara con algún príncipe o algo así, no con un pelele que tomaba demasiado y no tenía en qué caerse muerto.
Schumann estaba tan desesperado por no perder a Clara que trato de convertirse en un buen pianista tan pronto como fuera posible e inventó un dispositivo con el que se amarraba el dedo medio de la mano, que disque para ayudar a ejercitar sus dedos y ampliar sus extensiones, pero lo único que logró fue infringirse tales lesiones que ya nunca más pudo tocar el piano. Lo único que le quedaba era escribir y componer piezas para piano con mensajes secretos de amor para su querida Clara que además ella misma tocaba en sus conciertos.
Robert y Clara vivieron felices… o por lo menos durante los primeros meses, porque pronto comenzaron los problemas. El principal era que Clara era una pianista y una gran compositora, pero Robert quería que ella se quedara en casa, tuviera muchos hijos y que los cuidara a ellos y a él. Eso debió ser muy, muy frustrante para ella. Robert odiaba viajar y no podía componer si no estaba en casa, además no podía componer si había otros sonidos que lo distrajeran por lo que Clara tenía prohibido practicar mientras él estaba trabajando. ¡Uf! Pobrecita, y viajar ella sola no era una opción porque en esa época era muy mal visto que una mujer viajara sola sin su marido. ¡Que horror!
En fin, de alguna manera pudieron seguir así por muchos años. Tuvieron 7 hijos de los que sobrevivieron 6 (la raza de mortalidad infantil había mejorado notablemente desde la época de Bach y Mozart) y claro ella se hacía cargo de educarlos y de las labores de la casa. A veces la pareja tenía momentos felices, aunque generalmente ella estaba muy deprimida y frustrada por la situación.
El Crítico
Pues resulta, que Augusto Schumann, el papá, era escritor, era propietario de una editorial y distribuía libros, y su hijo Robert estaba clavadísimo con eso de ser escritor. Con el tiempo llegó a ser, además de compositor, un excelente crítico de música y él mismo hacía sus publicaciones. A todo el mundo le gustaba leer sus críticas, porque era muy constructivo, no era de esos que destrozan a los artistas en sus columnas. De hecho, durante esos años ayudó a muchos artistas talentosos para que la audiencia reconociera sus talentos… Uno de ellos llegó a ser considerado más tarde el heredero de Beethoven.
Johannes Brahms, 1853
Johannes Brahms
Robert y Clara Schumann ya tenían varios años de casados y ella estaba teniendo muchas dificultades para aceptar su vida de esposa devota y abnegada, mientras las inseguridades y depresión de Robert seguían en aumento afectando su vida laboral, social y familiar. Un día, después de tanto drama, algo muy bonito sucedió: recibieron una visita inesperada que toda la familia amó.
Era un joven simpático y viviarachón que los entretenía con sus acrobacias saltando en las escaleras de barandal en barandal, y a los niños eso les encantaba. Robert lo quería mucho porque le recordaba el entusiasmo y el talento músical que él tenía en su juventud y Clara… bueno, pues a Clara le encantaba p orque además de talentoso, joven y buena onda, era guapetón. Su nombre: Johannes Brahms.
Fue durante esta época que Robert Schumann comenzó a tener problemas de verdad. Comenzó a escuchar voces en su cabeza que le dictaban temas y melodías para sus composiciones. Muchas veces se levantaba a media noche para anotar lo que estas voces le cantaban en su interior, sin darse cuenta de que esa melodía ya la había utilizado antes en alguna otra composición.
Solo Hasta el Final
La terrible verdad es que se estaba volviendo loco. A veces esas voces eran malvadas y le decían que era un pecador, que su música era basura, y le tocaban música horrible para atormentarlo. Lo que más comenzó a preocuparlo era que algún día perdiera el control y se pusiera violento haciéndole daño a Clara o a alguno de sus hijos. Una noche que las voces le gritaron cosas horribles, se salió de su casa con un frio espantoso, caminó hasta el río Rhin que estaba cerca de su casa, se subió a una lancha y cuando estaba lejos de la orilla, saltó al agua helada para quitarse la vida pero unos pescadores que andaban por ahí lo rescataron y lo regresaron a su casa contra su voluntad.
Asustado y desconsolado por lo que podría pasar en el futuro Robert tomó la decisión de internarse en un asilo mental. A pesar de que Clara también estaba asustada por lo que podía suceder, lo quería mucho y le rogó que no lo hiciera, pero un día, sin avisarle a ella ni a sus hijos, mandó llamar el carruaje del asilo y se fue sin despedirse de su familia. Robert no volvería a ver a su familia jamás.
Cuando llegó al asilo ya estaba en muy mal estado, paranoico, gritando hasta quedarse afónico y convencido de que Clara estaba muerta. Después de varios meses, cuando según él se sentía mejor, decidió que era hora de regresar a casa, pero en ese momento descubrió que una cosa era internarse voluntariamente en un manicomio, y otra muy diferente salir de ahí. Robert todavía no era normal; nunca había sido normal y nunca sería normal, por lo que los doctores decidieron que aún no era el momento adecuado para dejarlo salir.
Clara se sentía horrible. Por un lado quería que él regresara a casa con su familia y por el otro lado tenía miedo de que fuera a lastimarla a ella o a alguno de sus hijo; además, como Robert ya no estaba ahí, ella había regresado a las salas de concierto y a componer nuevamente y si él regresaba iba a tener que abandonar esos sueños otra vez. Para terminarla de amolar, estaba enamorada del joven visitante Johannes Brahms y eso la hacía sentir terrible. Brahms debió sentirse terrible también. Schumann lo había apoyado muchísimo y lo había dado a conocer al mundo, pero él también estaba enamorado de Clara y era el único que tenía permitido visitar a Robert de vez en cuando. Hijole, qué difícil situación.
El que peor la estaba pasando era el mismo Robert Schumann. Encerrado en un pequeño cuarto, su condición empeoraba día con día. Cuando tenía la mente un poco más clara, lograba componer algunas cosas en forma de fuga, pero las destruía inmediatamente alegando que eran horribles y no valían nada. Tenía lapsos muy violentos, gritaba cosas incomprensibles por horas y se obsesionaba con ordenar ciudades y países en orden alfabético como lo hacía con su papá cuando trabajaba con él.
Eventualmente se dio cuenta de que nunca iba a salir de ahí y tiró la toalla. Dejó de comer, ya no dormía, sufría de temblores incontrolables y su cuerpo comenzó a debilitarse severamente. Después de dos años y medio de encierro, permitieron que Clara lo visitara y apenas la reconoció, estaba tan débil que no pudo pronunciar su nombre ni abrazarla. Era demasiado tarde, al día siguiente, cuando el enfermero entró a su cuarto lo encontró muerto. Robert Schumann, solo hasta el final.